Drácula
Drácula ¡Oh, Dios mÃo, como me estremecà al ver aquella sonrisa! Con un movimiento descuidado, como una diablesa llena de perversidad, arrojó al suelo al niño que hasta entonces habÃa tenido en los brazos y permaneció gruñendo sobre la criatura, como un perro hambriento al lado de un hueso. El niño gritó con fuerza y se quedó inmóvil, gimiendo. HabÃa en aquel acto una muestra de sangre frÃa tan monstruosa que Arthur no pudo contener un grito; cuando la forma avanzó hacia él, con los brazos abiertos y una sonrisa de voluptuosidad en los labios, se echó hacia atrás y escondió el rostro en las manos.
No obstante, la figura siguió avanzando, con movimientos suaves y graciosos.
—Ven a mÃ, Arthur —dijo—. Deja a todos los demás y ven a mÃ. Mis brazos tienen hambre de ti. Ven, y podremos quedarnos juntos. ¡Ven, esposo mÃo, ven!