Drácula
Drácula Nos estremecimos, horrorizados, y me di cuenta, por el temblor convulsivo de la luz, de que incluso los nervios de acero de van Helsing habÃan flaqueado. Arthur estaba a mi lado, y si no lo hubiera tomado del brazo, para sostenerlo, se hubiera desplomado al suelo.
Cuando Lucy… (llamo Lucy a la cosa que tenÃamos frente a nosotros, debido a que conservaba su forma) nos vio, retrocedió con un gruñido de rabia, como el de un gato cuando es sorprendido; luego, sus ojos se posaron en nosotros. Eran los ojos de Lucy en forma y color; pero los ojos de Lucy perversos y llenos de fuego infernal, que no los ojos dulces y amables que habÃamos conocido. En esos momentos, lo que me quedaba de amor por ella se convirtió en odio y repugnancia; si fuera preciso matarla, lo habrÃa hecho en aquel preciso momento, con un deleite inimaginable. Al mirar, sus ojos brillaban con un resplandor demonÃaco, y el rostro se arrugó en una sonrisa voluptuosa.