Drácula

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Se produjo un instante de profundo silencio: un vacío casi doloroso. Luego, el profesor ordenó que guardáramos silencio con un siseo. Señaló con la mano y, a lo lejos, entre los tejos, vimos una figura blanca que se acercaba… Una figura blanca y diminuta, que sostenía algo oscuro apretado contra su pecho. La figura se detuvo y, en ese momento, un rayo de la luna se filtró entre las nubes, mostrando claramente a una mujer de cabello oscuro, vestida con la mortaja encerada de la tumba. No alcanzamos a verle el rostro, puesto que lo tenía inclinado sobre lo que después identificamos como un niño de pelo rubio. Se produjo una pausa y, a continuación, un grito agudo, como de un niño en sueños o de un perro acostado cerca del fuego, durmiendo. Nos disponíamos a lanzarnos hacia adelante, pero el profesor levantó una mano, que vimos claramente contra el tejo que le servía de escondrijo, y nos quedamos inmóviles; luego, mientras permanecíamos expectantes, la blanca figura volvió a ponerse en movimiento. Se encontraba ya lo bastante cerca como para que pudiéramos verla claramente, y la luz de la luna daba todavía de lleno sobre ella. Sentí que el corazón se me helaba, y logré oír la exclamación y el sobresalto de Arthur cuando reconocimos claramente las facciones de Lucy Westenra. Era ella. Pero, ¡cómo había cambiado! Su dulzura se había convertido en una crueldad terrible e inhumana, y su pureza en una perversidad voluptuosa. Van Helsing abandonó su escondite y, siguiendo su ejemplo, todos nosotros avanzamos; los cuatro nos encontramos alineados delante de la puerta de la cripta. Van Helsing alzó la linterna y accionó el interruptor, y gracias a la débil luz que cayó sobre el rostro de Lucy, pudimos ver que sus labios estaban rojos, llenos de sangre fresca, y que había resbalado un chorro del líquido por el mentón, manchando la blancura inmaculada de su mortaja.


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