Drácula
Drácula Cuando estaba a treinta o sesenta centÃmetros de la puerta, sin embargo, se detuvo, como paralizada por alguna fuerza irresistible. Entonces se volvió, y su rostro quedó al descubierto bajo el resplandor de la luna y la luz de la linterna, que ya no temblaba, debido a que van Helsing habÃa recuperado el dominio de sus nervios de acero. Nunca antes habÃa visto tanta maldad en un rostro; y nunca, espero, podrán otros seres mortales volver a verla. Su hermoso color desapareció y el rostro se le puso lÃvido, sus ojos parecieron lanzar chispas de un fuego infernal, la frente estaba arrugada, como si su carne estuviera formada por las colas de las serpientes de Medusa, y su boca adorable, que entonces estaba manchada de sangre, formó un cuadrado abierto, como en las máscaras teatrales de los griegos y los japoneses. En ese momento vimos un rostro que reflejaba la muerte como ningún otro antes. ¡Si las miradas pudieran matar!
Permaneció asà durante medio minuto, que nos pareció una eternidad, entre el crucifijo levantado y los sellos sagrados que habÃa en su puerta de entrada. Van Helsing interrumpió el silencio, preguntándole a Arthur.
—Respóndame, amigo mÃo: ¿quiere que continúe adelante?
Arthur se dejó caer de rodillas y se cubrió el rostro con las manos, al tiempo que respondÃa: