Drácula
Drácula —Haga lo que crea conveniente, amigo mÃo. Haga lo que quiera. No es posible que pueda existir un horror como éste —gimió.
Quincey y yo avanzamos simultáneamente hacia él y lo cogimos por los brazos.
Alcanzamos a oÃr el chasquido que produjo la linterna al ser apagada. Van Helsing se acercó todavÃa más a la cripta y comenzó a retirar el sagrado emblema que habÃa colocado en las grietas. Todos observamos, horrorizados y confundidos, cuando el profesor retrocedió, cómo la mujer, con un cuerpo humano tan real en ese momento como el nuestro, pasaba por la grieta donde apenas la hoja de un cuchillo hubiera podido pasar. Todos sentimos un enorme alivio cuando vimos que el profesor volvÃa a colocar tranquilamente la masa que habÃa retirado en su lugar.
Después de hacerlo, levantó al niño y dijo: