Drácula

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Allí, en el ataúd, no reposaba ya la cosa espantosa que habíamos odiado tanto, de la que considerábamos como un privilegio su destrucción y que se la confiamos a la persona más apta para ello, sino Lucy, tal y como la habíamos conocido en vida, con su rostro de inigualable dulzura y pureza. Es cierto que sus facciones reflejaban el dolor y la preocupación que todos habíamos visto en vida; pero eso nos pareció agradable, debido a que eran realmente parte integrante de la verdadera Lucy. Sentimos todos que la calma que resplandecía como la luz del sol sobre el rostro y el cuerpo de la muerta, era sólo un símbolo terrenal de la tranquilidad de que disfrutaría durante toda la eternidad.

Van Helsing se acercó, colocó su mano sobre el hombro de Arthur, y le dijo:

—Y ahora, Arthur, mi querido amigo, ¿no me ha perdonado?

La reacción a la terrible tensión se produjo cuando tomó entre las suyas la mano del anciano, la levantó hasta sus labios, la apretó contra ellos y dijo:

—¿Perdonarlo? ¡Que Dios lo bendiga por haber devuelto su alma a mi bienamada y a mí la paz!

Colocó sus manos sobre el hombro del profesor y, apoyando la cabeza en su pecho, lloró en silencio, mientras nosotros permanecíamos inmóviles. Cuando volvió a levantar la cabeza, van Helsing le dijo:


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