Drácula
Drácula Sin embargo, cuando me acerqué a la puerta, un nuevo cambio se produjo en el paciente. Se dirigió hacia mà con tanta rapidez que, por un momento, temà que se dispusiera a llevar a cabo otro ataque homicida. Sin embargo, mis temores eran infundados, ya que extendió las dos manos, en actitud suplicante y me hizo su petición en tono emocionado. Como vio que el mismo exceso de su emoción operaba en contra suya, al hacernos volver a nuestras antiguas ideas, se hizo todavÃa más demostrativo.
Miré a van Helsing y vi mi convicción reflejada en sus ojos; por consiguiente, me convencà todavÃa más de lo correcto de mi actitud e hice un ademán que significaba claramente que sus esfuerzos no servÃan para nada. HabÃa visto antes en parte la misma emoción que crecÃa constantemente, cuando me dirigÃa alguna petición de lo que, en aquellos momentos, significaba mucho para él, como, por ejemplo, cuando deseaba un gato; y esperaba presenciar el colapso hacia la misma aquiescencia hosca en esta ocasión. Lo que esperaba no se cumplió, puesto que, cuando comprendió que su súplica no servÃa de nada, se puso bastante frenético. Se dejó caer de rodillas y levantó las manos juntas, permaneciendo en esa postura, en dolorosa súplica, y repitió su ruego con insistencia, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, y tanto su rostro como su cuerpo expresaban una intensa emoción.