Drácula
Drácula —PermÃtame suplicarle, doctor Seward; déjeme que le implore que me deje salir de esta casa inmediatamente. Mándeme como quiera y a donde quiera; envÃe guardianes conmigo, con látigos y cadenas; deje que me lleven metido en una camisa de fuerza, maniatado y con las piernas trabadas con cadenas, incluso a la cárcel, pero déjeme salir de aquÃ. No sabe usted lo que hace al retenerme aquÃ. Le estoy hablando del fondo de mi corazón… , con toda mi alma. No sabe usted a quién causa perjuicio, ni cómo, y yo no puedo decÃrselo. ¡Ay de mÃ! No puedo decirlo. Por todo lo que le es sagrado, por todo lo que le es querido; por su amor perdido, por su esperanza de que viva, por amor del Todopoderoso, sáqueme usted de aquà y evite que mi alma se sienta culpable. ¿No me oye usted, doctor? ¿No comprende usted que estoy cuerdo, y que le estoy diciendo ahora la verdad, que no soy un lunático en un momento de locura, sino un hombre cuerdo que está luchando por la salvación de su alma? ¡Oh, escúcheme! ¡Déjeme salir de aquÃ! ¡Déjeme! ¡Déjeme!
Pensé que cuanto más durara todo aquello tanto más furioso se pondrÃa y que, asÃ, le darÃa otro ataque de locura. Por consiguiente, lo tomé de la mano e hice que se levantara.
—Vamos —le dije con firmeza —. No continúe esa escena; ya la hemos presenciado bastante. ¡Vaya a su cama y trate de comportarse de modo más discreto!