Drácula

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Una mirada era suficiente para comprobar cuántas quedaban, ya que las grandes cajas de tierra eran muy voluminosas, y no era posible equivocarse respecto a ellas.

¡Solamente quedaban veintinueve, de las cincuenta! En un momento dado me llevé un buen susto, ya que al ver a lord Godalming que se volvía repentinamente y miraba por la puerta de entrada hacia el oscuro pasadizo que había más allá, yo también miré y, durante un instante, me pareció ver los rasgos más notables del rostro maligno del conde, la nariz puntiaguda, los ojos rojizos, los labios rojos y la terrible palidez. Eso ocurrió sólo durante el espacio de un segundo, ya que, como resumió lord Godalming:

—Creí haber visto un rostro, pero eran sólo las sombras.

Y volvió a dedicarse a su investigación. Volví mi lámpara hacia esa dirección y me dirigí hacia el pasadizo. No había señales de la presencia de nadie, y como no había puertas, ni rincones, ni aberturas de ninguna clase, sino sólo los sólidos muros del pasadizo, no podía haber ningún escondrijo, ni siquiera para él. Supuse que el miedo había ayudado a la imaginación, y no dije nada.


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