Drácula
Drácula Había un olor a tierra, como el de algún miasma seco, que sobresalía del aire viciado. Pero, en cuanto al olor mismo, ¿cómo poder describirlo? No era sólo que se compusiera de todos los males de la mortalidad y del olor acre y penetrante de la sangre, sino que daba la impresión de que la corrupción misma se había podrido. ¡Oh! Me pongo enfermo sólo al recordarlo. Cada vez que aquel monstruo había respirado, su aliento parecía haber quedado estancado en aquel lugar, intensificando su repugnancia.
Bajo circunstancias ordinarias, un olor semejante hubiera puesto punto final a nuestra empresa, pero aquel no era un caso ordinario, y la tarea elevada y terrible en la que estábamos empeñados nos dio fuerzas que se sobreponían a las consideraciones físicas. Después del primer estremecimiento involuntario, consecuencia directa de la primera ráfaga de aire nauseabundo, nos pusimos todos a trabajar, como si aquel repugnante lugar fuera un verdadero jardín de rosas.
Examinamos cuidadosamente el lugar, y el profesor dijo, al comenzar:
—Ante todo, hay que ver cuántas cajas quedan todavía; a continuación, deberemos examinar todos los rincones, agujeros y rendijas, para ver si podemos encontrar alguna indicación respecto a qué ha sucedido con las otras.