Drácula
Drácula Eso representaba para mà un problema difÃcil, no lograba recordar en ese momento cuál habÃa sido la posición de Enoch. Por consiguiente, tuve que hacerle una pregunta simple, aunque comprendà que, al hacerlo, me estaba rebajando ante los ojos del lunático…
—¿Y por qué se compara con Enoch?
—Porque andaba con Dios.
No comprendà la analogÃa, pero no me agradaba reconocerlo, de modo que volvà al tema que ya habÃa negado:
—De modo que no le preocupa la vida y no quiere almas, ¿por qué?
Le hice la pregunta rápidamente y con bastante sequedad, con el fin de ver si me era posible desconcertarlo.
El esfuerzo dio resultado y por espacio de un instante se tranquilizó y volvió a sus antiguos modales serviles, se inclinó ante mà y me aduló servilmente, al tiempo que respondÃa:
—No quiero almas. ¡Es cierto! ¡Es cierto! No quiero. No me servirÃan de nada si las tuviera; no tendrÃa modo de usarlas. No podrÃa comérmelas o…
Guardó silencio repentinamente y la antigua expresión de astucia volvió a extenderse sobre su rostro, como cuando un viento fuerte riza la superficie de las aguas.