Drácula
Drácula —¡Oh! ¿Está usted buscando un alma ahora?
Su locura envolvió a la razón y una expresión de asombro se extendió sobre su rostro al tiempo que, sacudiendo la cabeza con una energÃa que no le habÃa visto nunca antes, dijo:
—¡Oh, no, no! No quiero almas. Todo lo que quiero es vida —su rostro se iluminó en ese momento—. Siento una gran indiferencia sobre eso en la actualidad. La vida está muy bien: tengo toda la que necesito. Tiene que buscarse usted otro paciente, doctor, si es que desea estudiar la zoofagia.
Esa salida me sorprendió un poco, por lo cual le dije:
—Entonces, usted dirige la vida; debe ser usted un dios, ¿no es as�
Sonrió con una especie de superioridad benigna e inefable.
—¡Oh, no! No entra en mis cálculos, de ninguna manera, el arrogarme los atributos de la divinidad. Ni siquiera me interesan sus actos especialmente espirituales. ¡Si me es posible establecer cuál es mi posición intelectual, dirÃa que estoy, en lo referente a las cosas puramente terrenales, en cierto modo en la posición que ocupaba Enoch espiritualmente!