Drácula
Drácula Me esforcé todo lo que pude, pero no logré que despertara. Eso hizo que me asustara mucho y miré en torno mío, aterrorizada. Entonces, el corazón me dio un vuelco: al lado de la cama, como si hubiera surgido de la niebla o mejor dicho, como si la niebla se hubiera transformado en él, puesto que había desaparecido por completo, había un hombre alto y delgado, vestido de negro. Lo reconocí inmediatamente por la descripción que me hicieron los otros. Por su rostro blanco como la cera; la nariz larga y aquilina, sobre la que la luz formaba una delgada línea blanca; los labios entreabiertos, entre los que aparecían los dientes blancos y agudos y los ojos rojos que me parecía haber visto a la puesta del sol en la Iglesia de Santa María, en Whitby. Conocía también la cicatriz roja que tenía en la frente, donde Jonathan lo golpeó. Durante un momento, mi corazón se detuvo y quise gritar, pero estaba paralizada. Mientras tanto, el monstruo habló, con un susurro seco y cortante, mostrando con el dedo a Jonathan:
"—¡Silencio! Si profiere usted un solo sonido, lo cogeré a él y le aplastaré la cabeza.
"Yo estaba aterrorizada y demasiado estupefacta como para poder hacer o decir algo. Con una sonrisa burlona, me puso una mano en el hombro y, manteniéndome bien sujeta me desnudó la garganta con la otra, diciendo al mismo tiempo: