Drácula

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Luego, se puso en pie, miró por el ojo de la cerradura, sopló y, volviéndose hacia nuestros amigos, les hizo algunas observaciones. Lord Godalming sonrió y el hombre levantó un manojo de llaves; escogió una de ellas, la metió en la cerradura y comenzó a probarla, como si estuviera encontrando a ciegas el camino. Después de cierto tiempo, probó una segunda y una tercera llaves. De pronto, al empujar la puerta el empleado un poco, tanto él como nuestros dos amigos entraron en el vestíbulo. Permanecimos inmóviles, mientras mi cigarro ardía furiosamente y el de van Helsing, al contrario, se apagaba. Esperamos pacientemente hasta que vimos al cerrajero salir con su caja de herramientas. Luego, mantuvo la puerta entreabierta, sujetándola con las rodillas, mientras adaptaba una llave a la cerradura. Finalmente, le tendió la llave a lord Godalming, que sacó su cartera y le entregó algo. El hombre se tocó el ala del sombrero, recogió sus herramientas, se puso nuevamente la chaqueta y se fue. Nadie observó el desarrollo de aquella maniobra.

Cuando el hombre se perdió completamente de vista, nosotros tres cruzamos la calle y llamamos a la puerta. Esta fue abierta inmediatamente por Quincey Morris, a cuyo lado se encontraba lord Godalming, encendiendo un cigarro puro.

—Este lugar tiene un olor extremadamente desagradable —comentó este último, cuando entramos.


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