Drácula
Drácula —Que muera yo ahora mismo, ya sea por mi propia mano o por mano de alguno de ustedes, antes de que el mal sea consumado. Tanto ustedes como yo sabemos que una vez muerta, ustedes podrÃan liberar mi espÃritu y lo harÃan, como lo hicieron en el caso de la pobre y querida Lucy. Si fuera la muerte o el miedo a la muerte el único obstáculo que se interpusiera en nuestro camino, no tendrÃa ningún inconveniente en morir aquÃ, ahora mismo, en medio de los amigos que me aman. Pero la muerte no lo es todo. No creo que sea voluntad de Dios que yo muera en este caso, cuando todavÃa hay esperanzas y nos espera a todos una difÃcil tarea. Por consiguiente, por mi parte, rechazo en este momento lo que podrÃa ser el descanso eterno y salgo al exterior, a la oscuridad, donde pueden encontrarse las cosas más malas que el mundo o el más allá encierran.
Guardamos todos silencio, ya que comprendÃamos de manera instintiva que se trataba solamente de un preludio. Los rostros de todos los demás estaban serios, y el de Harker se habÃa puesto pálido como el de un cadáver; quizá adivinaba, mejor que ninguno de nosotros, lo que iba a seguir.
La señora Harker continuó: