Drácula
Drácula —Pero —dijo él—, yo tendrÃa la libertad de dirigirme a mà mismo. ¿No es asÃ?
—Por supuesto —le repliqué —; y asà hacen muchas veces hombres de negocios, quienes no desean que la totalidad de sus asuntos sean conocidos por una sola persona.
—¡MagnÃfico! —exclamó.
Y entonces pasó a preguntarme acerca de los medios para enviar cosas en consignación y las formas por las cuales se tenÃan que pasar, y toda clase de dificultades que pudiesen sobrevenir, pero que pudiesen ser previstas pensándolas de antemano. Le expliqué todas sus preguntas con la mejor de mis habilidades, y ciertamente me dejó bajo la impresión de que hubiese sido un magnÃfico procurador, pues no habÃa nada que no pensase o previese. Para un hombre que nunca habÃa estado en el paÃs, y que evidentemente no se ocupaba mucho en asuntos de negocios, sus conocimientos y perspicacia eran maravillosos. Cuando quedó satisfecho con esos puntos de los cuales habÃa hablado, y yo habÃa verificado todo también con los libros que tenÃa a mano, se puso repentinamente de pie y dijo:
—¿Ha escrito desde su primera carta a nuestro amigo el señor Peter Hawkins, o a cualquier otro?
Fue con cierta amargura en mi corazón que le respondà que no, ya que hasta entonces no habÃa visto ninguna oportunidad de enviarle cartas a nadie.