Drácula

Drácula

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—Entonces escriba ahora, mi joven amigo —me dijo, poniendo su pesada mano sobre mi hombre—; escriba a nuestro amigo y a cualquier otro; y diga, si le place, que usted se quedara conmigo durante un mes más a partir de hoy.

—¿Desea usted que yo me quede tanto tiempo? —le pregunté, pues mi corazón se heló con la idea.

—Lo deseo mucho; no, más bien, no acepto negativas. Cuando su señor, su patrón, como usted quiera, encargó que alguien viniese en su nombre, se entendió que solo debían consultarse mis necesidades. Yo no he escatimado, ¿no es así?

¿Qué podía hacer yo sino inclinarme y aceptar? Era el interés del señor Hawkins y no el mío, y yo tenía que pensar en él, no en mí. Y además, mientras el conde Drácula estaba hablando, había en sus ojos y en sus ademanes algo que me hacía recordar que era su prisionero, y que aunque deseara realmente no tenía dónde escoger. El conde vio su victoria en mi reverencia y su dominio en la angustia de mi rostro, pues de inmediato comenzó a usar ambos, pero en su propia manera suave e irresistible.

—Le suplico, mi buen joven amigo, que no hable de otras cosas sino de negocios en sus cartas. Indudablemente que le gustará a sus amigos saber que usted se encuentra bien, y que usted está ansioso de regresar a casa con ellos, ¿no es así?


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