Drácula

Drácula

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El castillo de Drácula destacaba en aquel momento contra el cielo rojizo, y cada una de las rocas de sus diversos edificios se perfilaba contra la luz del sol poniente.

Los gitanos, considerándonos responsables de la desaparición del cadáver, volvieron grupas a sus caballos y se alejaron a toda velocidad, como si temieran por sus vidas. Los que iban a pie saltaron sobre la carreta y les gritaron a los jinetes que no los abandonaran. Los lobos, que se mantenían a respetable distancia, los siguieron y nos dejaron solos.

El señor Morris, que se había desplomado al suelo con la mano apretada sobre su costado, veía la sangre que salía entre sus dedos. Corrí hacia él, debido a que el círculo sagrado no me impedía ya el paso; lo mismo hicieron los dos médicos. Jonathan se arrodilló a su lado y el herido hizo que su cabeza reposara sobre su hombro. Con un suspiro me tomó una mano con la que no tenía manchada de sangre. Debía estar viendo la angustia de mi corazón reflejada en mi rostro, ya que me sonrió y dijo:

—¡Estoy feliz de haber sido útil! ¡Oh, Dios! —gritó repentinamente, esforzándose en sentarse y señalándome—. ¿Vale la pena morir por eso? ¡Miren! ¡Miren!


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