Drácula
Drácula El sol estaba ya sobre los picos de las montañas y los rayos rojizos caÃan sobre mi rostro, de tal modo que estaba bañada en un resplandor rosado. Con un solo impulso, los hombres cayeron de rodillas y dijeron: "Amén", con profunda emoción, al seguir con la mirada lo que Quincey señalaba. El moribundo habló otra vez:
—¡Gracias, Dios mÃo, porque todo esto no ha sido en vano! ¡Vean! ¡Ni la nieve está más limpia que su frente! ¡La maldición ha concluido!
Y, ante nuestro profundo dolor, con una sonrisa y en silencio, murió un extraordinario caballero.
