La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Aún no lo sé, señor. Tenga en cuenta que hasta ahora sólo me baso en sospechas. Si alguien me dijese que esa dulce dama está involucrada en este asunto, lo tomarÃa por loco. Sin embargo, no puedo evitar tener en cuenta mis propias conclusiones. Sé que muchas veces personas a quienes todo el mundo consideraba inocentes han resultado culpables. No es mi intención perjudicar a esa señorita, de modo que puede usted estar seguro de que no pronunciaré una sola palabra capaz de inducir a alguien a acusarla. Por esto le hablo a usted con toda reserva, de hombre a hombre. Por su profesión, está usted acostumbrado a hallar y confirmar pruebas; la mÃa consiste en averiguar los hechos. Usted conoce a la señorita Trelawny mucho mejor que yo, y a pesar de que vigilo atentamente la habitación donde yace el enfermo y me muevo a mi antojo por la casa, no tengo tantas oportunidades como usted de tratar con esa señorita y conocer todo lo relacionado con ella o con cualquier cosa que pudiera suministrarme una pista para descubrir todos sus actos. Si yo intentase obtener esos datos directamente de ella, provocarÃa sus sospechas. En ese caso, si fuera culpable yo perderÃa la posibilidad de obtener la prueba decisiva, pues no le costarÃa hallar un modo de impedir que lo descubra. Pero, si es inocente, como creo y deseo, harÃa muy mal acusándola. Antes de hablar con usted he reflexionado mucho acerca de este asunto, y si me permite ser sincero con usted, créame que me arrepiento de haberme tomado semejante libertad.