La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Ahora que estamos solos —dijo él tras encender su cigarro—, quiero hablar con usted confidencialmente.
—¡Adelante! —dije, y al recordar la conversación que habÃa mantenido por la mañana con Daw, no pude evitar que el corazón me diera un vuelco y que fuese, nuevamente, presa del temor.
—Este caso —prosiguió— basta para poner a prueba las facultades mentales de todos nosotros. Cuanto más pienso en ello, mayor es mi miedo de perder la razón. Dos lÃneas de pensamiento pugnan en mi mente, y ambas parecen conducirme en direcciones opuestas.
—¿Cuáles son esas dos lÃneas?
El doctor Winchester me miró fijamente antes de responder. Permanecà imperturbable. En ese momento yo era un abogado; amigo en un sentido, y en otro alguien decidido a asumir la defensa. El mero hecho de que en la lúcida mente de aquel hombre hubiese dos lÃneas de pensamiento igualmente definidas y opuestas, me consolaba, pues hacÃa que temiese menos la posibilidad de un mero ataque. Una sonrisa inescrutable apareció entonces en el rostro del doctor, que de inmediato dio paso a un gesto grave.