La Joya de las siete estrellas

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Una vez que el doctor hubo examinado al paciente, nos dijo que, al parecer, no se había producido cambio alguno. Añadió que aun así le gustaría permanecer esa noche en la casa, si era posible. La señorita Trelawny se alegró y de inmediato hizo llamar al ama de llaves, a quien ordenó que dispusiera una habitación para él.

Más tarde, ese mismo día, cuando Winchester y yo nos encontramos a solas, me dijo:

—He hecho los arreglos necesarios para pasar aquí la noche porque deseo mantener una charla con usted, por supuesto, en privado. Para no despertar sospechas, creo que lo mejor sería que por la noche, mientras la señorita Trelawny monta guardia junto al lecho de su padre, nos reuniésemos con la excusa de fumar un cigarro.

Decidimos que ni la joven ni yo vigilaríamos al enfermo durante toda la noche. Nuestro turno comenzaría temprano por la mañana. Me ocupé especialmente de que así fuera, pues sabía que el detective quería hacer ciertas pesquisas, y en el mayor secreto.

El día transcurrió sin incidentes. La señorita Trelawny durmió por la tarde y, después de cenar, marchó a relevar a la enfermera. La señora Grant se fue con ella y el sargento continuaba de guardia en el pasillo. El doctor Winchester y yo nos dirigimos entonces hacia la biblioteca a tomar el café.


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