La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Lo escuché con el corazón en un puño, pues, si bien sus palabras no reflejaban desconfianza alguna, los argumentos que expuso eran perturbadores, y pese a no manifestar tan claramente sus sospechas como el sargento Daw, pareció dar a entender que la señorita Trelawny era, de algún modo, diferente de los demás. Y esta característica, cuando se está en presencia de acontecimientos misteriosos, equivale a ser objeto de sospechas. Consideré preferible no hacer comentarios, porque en tales circunstancias es mejor guardar silencio. E incluso preferible, pues así más tarde no tendría que dar explicaciones ni defenderme o retractarme. Por otra parte, me alegraba el que al exponer sus razones el doctor no me hubiera hecho preguntas. De hecho, no parecía esperar ninguna respuesta. Hizo una pausa; apoyó la barbilla en una mano y, con la mirada perdida, frunció el entrecejo. Apenas sostenía el cigarro entre los dedos, como si lo hubiese olvidado. Luego, prosiguió: