La Joya de las siete estrellas

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»A la noche siguiente se produce una nueva agresión, a pesar de que la casa está llena de personas que permanecen alerta, incluidos un detective que vigila el dormitorio, una enfermera, un amigo de la hija del paciente, y la hija misma. La enfermera es víctima de un ataque de catalepsia y el amigo, aunque protegido por una mascarilla de oxígeno, queda profundamente dormido. E incluso el detective no puede evitar el influjo de un extraño sopor que lo hace disparar un tiro en la habitación del enfermo sin saber siquiera a qué apuntó. Su mascarilla, señor, es la única cosa que parece guardar alguna relación con el aspecto real del caso. El que usted no perdiese la cabeza, como les ocurrió a los demás, y el hecho de que el efecto experimentado por cada uno fuese proporcional al tiempo que permaneció en la habitación, señala la posibilidad de que el medio soporífero no fuera hipnótico, sino de distinta naturaleza, que ignoramos. Pero en este punto se presenta una circunstancia contradictoria. La señorita Trelawny, que pasó más tiempo en la estancia que el resto, pues entró y salió de ella continuamente y, además, montó guardia junto al lecho del paciente, no pareció quedar afectada. Eso demuestra que el influjo, cualquiera que sea, no afecta a todos por igual, a menos que ella estuviese, de algún modo, protegida. Si resultase que la causa de lo ocurrido fuera un efluvio exhalado por uno de esos objetos egipcios, toparíamos con el hecho de que el señor Trelawny, que ha permanecido más que nadie en la estancia, hasta el punto de que podemos afirmar que se ha pasado media vida en ella, es quien está más afectado por esa extraña influencia. Pero ¿cuál será la causa capaz de producir efectos tan distintos y contradictorios? Lo cierto es que, cuanto más pienso en este dilema, más perplejo estoy. E incluso en el caso de que la agresión física de que fue víctima el señor Trelawny hubiese sido llevada a cabo por algún morador de la casa, aunque no se encuentre entre los sospechosos, la extrañeza de este estupefaciente seguirá siendo un misterio. No es tan fácil como parece sumir a alguien en un estado cataléptico, y le aseguro a usted que la ciencia desconoce la forma de lograrlo de manera voluntaria. Lo más curioso de todo este asunto es la señorita Trelawny, quien al parecer no sufre ninguno de esos influjos, pues padeció un desvanecimiento pasajero. ¡Es muy extraño!


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