La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —La pobre niña está agotada. Me alegro de que haya decidido descansar. Mañana se encontrará mucho mejor, ya lo verá usted. Está al borde del colapso nervioso. ¿Se ha fijado usted en lo alterada que estaba y en el modo en que se sonrojó al vernos aquÃ? El que unos invitados estén tranquilamente charlando en una de las habitaciones de su casa no deberÃa perturbarla asÃ.
Me disponÃa a dar una explicación que excusara la conducta de la señorita Trelawny, pero recordé que su entrada habÃa sido una repetición de la de la mañana, cuando yo hablaba con el detective, mas también recordé que la conversación que habÃa mantenido con éste era absolutamente confidencial, hasta el punto de que ni siquiera podÃa aludir a ella, y decidà mantener la boca cerrada.
Nos pusimos en pie para ir a la habitación del enfermo, pero mientras avanzábamos por el pasillo, débilmente iluminado, no podÃa dejar de pensar en lo extraño que era el que ella me hubiese interrumpido en las dos ocasiones en que se trataba el mismo tema.
Sin duda, existÃa una misteriosa relación entre ambos incidentes, como si se tratase de una cadena que nos tenÃa cogidos.