La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —De acuerdo, de acuerdo, pero le aseguro que necesito ver urgentemente al señor Trelawny. Es inútil que me diga que no es posible, porque debo hacerlo de todos modos. Cada vez que me presento en esta casa, me piden que regrese en otro momento. Vine a las nueve y me dijo que aún no se habÃa levantado y que, como no se encontraba bien, no convenÃa despertarlo. Volvà a las doce y me dijo que todavÃa estaba en cama. Le pedà entonces que me dejase ver a algún miembro de la familia, y me contestó usted que la señorita Trelawny también dormÃa. Y ahora, regreso a las tres, y resulta que el señor Trelawny aún no ha despertado. ¿Dónde está la señorita? Pues resulta que muy ocupada, y que ha pedido que no la molesten. Lo lamento, pero deberá molestarla. Si me encuentro aquà es por petición especial del señor Trelawny, y vengo de un lugar donde los criados tienen la costumbre de empezar diciendo que no. Pero en esta ocasión no me contento con una negativa. Llevo tres años recibiéndolas, tres años de aguardar ante numerosas puertas y tiendas de campaña, y le aseguro que entrar en ellas era más difÃcil que entrar en una tumba. Y cuando por fin me permitÃan hacerlo, resultaba que quienes estaban dentro más que hombres semejaban momias. Le digo a usted que ya estoy harto. Y cuando regreso a mi paÃs, me encuentro con que el hombre para quien he trabajado también me cierra las puertas y que recibo las mismas respuestas. ¿Acaso el señor Trelawny ha ordenado que cuando yo llegase no querÃa recibirme?