La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas A las ocho de la mañana la señorita Trelawny se reunió con nosotros. Me asombró comprobar lo bien que le había sentado el sueño. Estaba radiante como la primera vez que la vi. Aunque la negrura de sus ojos y su pelo hacía que pareciese aún más pálida, había un leve indicio de color en sus mejillas. El descanso era sin duda la causa de que se mostrase más tierna que la noche anterior en el cuidado de su padre, cuya frente acarició suavemente. Yo estaba cansado después de una larga noche de vigilia y, puesto que ella se encontraba allí, me dirigí hacia mi dormitorio, parpadeando ante la luz deslumbradora.
Dormí profundamente y, después del almuerzo, me disponía a ir a mi casa cuando advertí que en la puerta del vestíbulo había un hombre a quien no conocía. El criado de servicio se llamaba Morris, y aunque antes era un sirviente más, tras la partida de la mayor parte de la servidumbre había ascendido al puesto de mayordomo interino. El visitante hablaba en voz bastante alta, de modo que era muy fácil oír sus quejas. El criado se mostraba respetuoso, tanto en su actitud como en sus palabras, pero se mantenía firme en el vano de la puerta impidiendo entrar a aquel extraño. La explicación que oí de parte de éste aclaraba muy bien la situación: