La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas La sinceridad de aquel hombre estaba fuera de duda, asà como la urgencia e importancia de su propósito. Avancé hacia la puerta y dije:
—Morris, creo que será mejor que avise a la señorita Trelawny que este caballero desea verla. Si está ocupada, pÃdale a la señora Grant que lo haga.
—Muy bien, señor —contestó el criado, y, tras soltar un suspiro de alivio, se marchó.
Yo hice pasar al desconocido al pequeño saloncito contiguo al vestÃbulo.
—¿Es usted el secretario? —me preguntó.
—No. Soy un amigo de la señorita Trelawny. Mi nombre es Ross.
—Le estoy muy agradecido por su bondad, señor Ross —dijo—. Me llamo Corbeck. Le darÃa a usted mi tarjeta, pero en el paÃs de donde procedo no se utilizan. Y, si hubiese llevado alguna, supongo que anoche también me la habrÃan robado.