La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Guardó silencio al advertir que se había ido de la lengua. Ambos permanecimos callados, y, mientras aguardábamos, me fijé en él. Se trataba de un hombre de baja estatura, grueso y fornido, moreno como un grano de café. Aunque por su constitución parecía propenso a la gordura, estaba muy delgado. Las profundas arrugas de su rostro y de su cuello no eran sólo efecto de los años y de vida al aire libre, sino que se advertía en ellas la señal inconfundible de la desaparición de la carne y la grasa, lo cual dejaba suelta la piel. El cuello, extremadamente ajado, parecía curtido por el sol del desierto. El lejano Oriente, el trópico y el desierto confieren, cada uno de ellos, un color especial, y un observador experimentado puede distinguirlo. En el primer caso, se trata de una palidez oscura; en los otros dos, es como si la piel estuviese quemada. El señor Corbeck tenía una cabeza grande y maciza, y su cabello, revuelto y de color castaño rojizo, mostraba canas en las sienes. Su frente era ancha y despejada, con un seno frontal muy marcado. Su aspecto demostraba que se trataba de hombre acostumbrado a razonar, y la prominencia que había sobre los ojos era señal de elocuencia. Tenía la nariz corta y ancha, reveladora de un temperamento enérgico, el mentón cuadrado y una mandíbula poderosa que evidenciaba tenacidad y resolución.
Aquel hombre estaba acostumbrado al desierto, pensé.