La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas La señorita Trelawny se presentó al cabo de pocos minutos. En cuanto la vio, el señor Corbeck se mostró sorprendido. Comenzó a hablar sin quitarle los ojos de encima, y decidí que apenas se presentase la ocasión averiguaría el motivo de semejante actitud.
—Desde luego, si mi padre se encontrase bien, y pudiera abandonar su lecho de enfermo, usted no se habría visto obligado a esperar —dijo ella con tono de disculpa—. Ahora ¿tendrá a bien decirme en qué consiste este asunto tan urgente? —Al advertir que el señor Corbeck me miraba con expresión vacilante, añadió—: El señor Ross puede oír cuanto tenga que decirme, pues goza de toda mi confianza y está aquí para ayudarme. Sin duda, ignora usted cuán grave es el estado de salud de mi padre. Ha perdido la consciencia hace tres días, y por el momento no hay signos de que vaya a recuperarla, lo cual, como imaginará, me preocupa mucho. Desgraciadamente, sé muy pocas cosas acerca de mi padre y de su vida, ya que hace apenas un año que vivo con él. También desconozco sus asuntos, o quién es usted y cuál es su relación con él.
El recién llegado la miró fijamente por un instante; luego, como si hubiese llegado a la conclusión de que podía confiar en sus interlocutores, dijo: