La Joya de las siete estrellas

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Hablaba de manera vehemente, y me alegré de que la señorita Trelawny se ruborizara de placer al oír que elogiaban a su padre. Advertí también que el señor Corbeck ya no parecía tener tanta prisa. Tal vez quisiera estar seguro del terreno que pisaba, y es posible que tratase de decidir si, en efecto, debía confiar en dos desconocidos. Cuando prosiguió, comprendí que habíamos conquistado su confianza.

—He realizado varias expediciones a Egipto por encargo de su padre, y siempre ha sido un placer trabajar para él. Muchos de sus tesoros, y puedo asegurarle que tiene algunos muy raros, los ha obtenido gracias a mí, bien como consecuencia de mis exploraciones, bien comprándolos…, o… por otros medios. Su padre, señorita Trelawny, posee vastos conocimientos. En ocasiones resuelve que le gustaría tener tal o cual cosa, de cuya existencia está mejor o peor informado, y cuando eso ocurre es capaz de recorrer medio mundo para conseguirlo. Precisamente, ahora regreso de una de esas cacerías.

Guardó silencio súbitamente, como si alguien le hubiese tapado la boca. Aguardamos a que prosiguiera. En cuanto volvió a hablar, lo hizo con una cautela nueva en él, como si tratara de evitar que hiciésemos preguntas:


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