La Joya de las siete estrellas

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Yo no dudaba de él. Era evidente de que se trataba de un hombre honesto, y era precisamente esta virtud lo que debíamos temer. Se trataba de una de esas personas capaces de guardar un secreto hasta el final. No obstante, nos hallábamos ante un caso excepcional, y como tal merecía que se hiciera una excepción. Permanecer en la ignorancia nos servía de muy poca ayuda. Si queríamos comprender qué había ocurrido, teníamos que hacernos alguna idea de los posibles motivos de tan misterioso ataque, y de ese modo hacer lo necesario para ayudar al paciente a recuperarse. Había demasiadas cosas extrañas en aquel caso… De pronto, noté que la cabeza me daba vueltas. Traté de tranquilizarme, y esperé. En el rostro del señor Corbeck apareció una mirada de infinita compasión al contemplar a su amigo. Aun cuando dormía, la expresión de severidad no había desaparecido de su semblante, y por algún motivo hacía que el aspecto de desamparo fuese aún más acusado. Dadas las circunstancias, no habría resultado sorprendente, pero en un hombre tan resuelto y autoritario como aquél, sumido en un sueño impenetrable, resultaba aún más patético. Un gesto adusto apareció en el rostro del señor Corbeck. Toda traza de piedad se esfumó, reemplazada por un gesto de determinación. Nos miró, y luego, al advertir la presencia de la señorita Kennedy, parpadeó imperceptiblemente. La enfermera, comprendiendo la insinuación, dirigió una mirada interrogativa a la señorita Trelawny, quien le indicó que se retirase. Una vez que la muchacha se hubo marchado, el señor Corbeck me miró, obedeciendo ese impulso natural que lleva a un hombre a comunicarse antes con un miembro de su propio sexo que con una mujer. Después se volvió hacia la señorita Trelawny y, con tono amable, dijo:


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