La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —¿Sabe usted qué esperaba o temÃa y por qué motivo? —intervino la señorita Trelawny.
—No, no sé nada de eso —contestó Corbeck—. Pero me parece adivinar…
Guardó silencio repentinamente.
—¿Qué? —preguntó ella, con ansiedad.
—Créame que harÃa todo lo posible por tranquilizarla, pero el cumplimiento de mi promesa me lo impide.
—¿De qué clase de promesa se trata?
—¡Silencio! —Y tras pronunciar esta palabra el señor Corbeck cerró la boca.
Permanecimos largo rato callados. El silencio era tan intenso que pareció tomar forma. Los ruidos de la casa llegaban hasta nosotros como intrusos. La primera en hablar fue la señorita Trelawny, en cuya mente parecÃa haber surgido de pronto una idea esperanzadora.
—¿Y cuál era ese asunto tan urgente por el que querÃa verme al saber que mi padre no podÃa recibirlo?
El cambio que se produjo en el señor Corbeck fue tan instantáneo que casi resultó ridÃculo. Su expresión de sorpresa semejaba más una especie de pantomima. Pero cualquier idea de comicidad desapareció cuando, con gesto de seriedad, recordó su propósito original.