La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —¡Dios mÃo! —exclamó al tiempo que levantaba la mano, que tenÃa apoyada en el respaldo de una silla, para descargar un fuerte golpe sobre ésta—. He estado a punto de olvidarlo. ¡Qué pérdida! Y precisamente ahora, cuando el éxito está tan próximo. Él, tendido ahÃ, sin poder hacer nada, y yo, obligado a callar, e imposibilitado de levantar siquiera una mano o un pie en mi ignorancia de sus deseos.
—¿Qué ocurre? DÃganoslo. No sabe usted cuán angustiada estoy por mi querido padre. ¿Ocurre algo nuevo? ¡Oh, espero que no! Pero me alarma oÃrlo hablar de ese modo. ¿Puede decir algo que me alivie de mi intranquilidad?
—No puedo, señorita. Es su secreto —respondió, señalando la cama—. He venido en busca de ayuda y consejo, pero lo encuentro inconsciente, y el tiempo se acaba. ¡Pronto será demasiado tarde!
—Pero ¿para qué? —preguntó la señorita Trelawny con extraordinaria impaciencia—. ¡Hable! ¡Diga algo! Tanta ansiedad, horror y misterio acabarán conmigo.