La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Un momento —dijo—, antes de introducir a una persona extraña en la escena. Es preciso que no sepa lo que usted ya conoce, es decir, que las lámparas fueron objeto de una búsqueda prolongada, difÃcil y peligrosa. Todo cuanto estoy en condiciones de informar a ese caballero es que me han robado unos objetos que me pertenecÃan. Le describiré alguna de las lámparas, especialmente una, porque es de oro. Mi mayor temor es que el ladrón, ignorando por completo su valor histórico, la haga fundir para ocultar su delito. Con gusto pagarÃa diez, cien, mil veces su valor con tal de no verla destruida. Sólo le diré lo imprescindible. Por consiguiente, deje que sea yo quien responda a sus preguntas, a menos que solicite su auxilio.
—Para guardar la debida discreción —observé— más valdrÃa encarar este asunto como si se tratase de una investigación de carácter privado, pues si llega a oÃdos de Scotland Yard el secreto será imposible. Antes de pedirle al detective que venga, lo sondearé. Si no les digo nada a ustedes, significará que está dispuesto a encargarse particularmente del caso.
—El secreto es lo principal —contestó el señor Corbeck de inmediato—. Lo que más temo es que todas las lámparas, o algunas de ellas, hayan sido destruidas.
Entonces, para mi sorpresa, la señorita Trelawny intervino con tono enérgico.