La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Volvió la cabeza, muy conmovido. La señorita Trelawny apoyó una mano en su brazo. Aquel ademán me sorprendió. Su pena y su dolor parecían haber tomado la forma de una firme resolución. Estaba muy derecha, le brillaban los ojos. El vigor se manifestaba en cada fibra de su ser. Cuando habló, hasta su voz sonó imbuida de un extraño poder. Tenía todo el aspecto de una mujer extraordinariamente enérgica.
—Es preciso actuar cuanto antes —exclamó—. Debemos llevar a cabo los deseos de mi padre, si eso nos es posible. Usted, señor Ross, es abogado. Tenemos en la casa a uno de los mejores detectives de Londres. Seguramente podremos hacer algo. Comencemos de inmediato.
—Muy bien —dijo el señor Corbeck con renovado entusiasmo—. ¡No hay duda de que es usted hija de su padre!
Me encaminé hacia la puerta con la intención de llamar al sargento Daw, tal como imaginé que Margaret deseaba que hiciese, pero el señor Corbeck me llamó.