La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Sin duda. Cualquiera que tuviese cinco dedos de frente se darÃa cuenta de que son objetos valiosÃsimos.
—En ese caso —observó el policÃa—, aún existe una posibilidad. Si la puerta y la ventana de su habitación estaban cerradas, el ladrón no pudo ser una sirvienta o un criado, sino alguien que buscaba algo muy especial, y que no lo venderÃa hasta que obtuviese por ello un buen precio. Avisaremos a todos los prestamistas y no habrá necesidad de comunicar el caso a Scotland Yard, a menos, claro está, que usted lo desee. AsÃ, podremos mantener todo en secreto.
—¿Se le ocurre a usted o tiene alguna idea de cómo pudo producirse el robo? —preguntó el señor Corbeck.
—Estoy seguro de que el ladrón se valió de un medio muy sencillo, señor. Es lo que suele ocurrir en los robos misteriosos. El delincuente conoce su oficio y todos sus trucos. Sabe por experiencia cuáles son sus posibilidades de éxito, y actúa en consecuencia. El dueño de los objetos desconoce esos ardides y, muchas veces, se muestra descuidado. Cuando salgan a la luz los pormenores de este asunto, le sorprenderá no haberse dado cuenta antes del medio que se utilizó para efectuar el robo.