La Joya de las siete estrellas

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—Verá usted, cuando un ladrón de poca monta quiere deshacerse de objetos de metal, suele acudir a las fundiciones, donde, por cierto, los compran por unas pocas monedas a cambio de no averiguar su procedencia. Cuando el metal es noble, se pesa antes en una balanza, y el precio aumenta. Comprenderá usted que cuando el metal, sea de la calidad que sea, va a parar al crisol, es imposible saber a qué objeto pertenecía, por así decirlo. Claro que todo depende de cuán bueno sea el ladrón…, me refiero a cuán bien sepa hacer su trabajo. Un verdadero profesional, uno de primera clase, sabe cuándo lo que ha robado vale más de lo que puede obtener por el metal en sí. En ese caso, se pone en contacto con alguien en condiciones de ubicar el objeto en cuestión, pongamos en Francia, o incluso en América. Señor Corbeck, ¿sabe de alguien aparte de usted, que pueda identificar esas lámparas?

—Sólo yo podría hacerlo.

—¿Existen otras parecidas?

—No que yo sepa —respondió el señor Corbeck—, aunque es posible que las haya.

Daw hizo una pausa y dijo:

—Y una persona avezada, del Museo Británico, por ejemplo, un tratante o un coleccionista como el señor Trelawny, ¿podrían conocer el valor artístico de estas lámparas?


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