La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Me alegraba oírla hablar de aquella manera. Recorrimos las distintas estancias y pasillos admirando los objetos que había en ellos. En el vestíbulo nos detuvimos ante un enorme armazón de acero labrado que, según me dijo Margaret, su padre utilizaba para levantar la tapa de piedra de los sarcófagos. No era demasiado pesado y podía manejarse con cierta facilidad. Con ayuda de aquel objeto, levantamos los tapas, una a una, y contemplamos los interminables jeroglíficos que había grabados en ellas. A pesar de su pretendida ignorancia, Margaret poseía grandes conocimientos acerca de ellos, pues durante el año que pasó con su padre había aprendido más cosas de las que imaginaba. Era una muchacha muy inteligente y con una memoria prodigiosa, hasta el punto de que más de un erudito habría envidiado sus conocimientos.
Y aun así se mostraba tan ingenua, tan simple e infantil. Eran tan tiernas sus ideas y tan puros sus pensamientos, que a su lado olvidé todos los misterios y problemas en que estaba sumida aquella casa. Me sentí, nuevamente, como un niño…