La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Los sarcófagos más interesantes eran los tres que se encontraban en el dormitorio del señor Trelawny. Dos de ellos eran de piedra oscura, uno de pórfido y el otro de una especie de porcelana. Ambos tenían grabados en su superficie gran cantidad de jeroglíficos. Pero el tercero era completamente distinto. Estaba hecho de materia pardoamarillenta, semejante al ónice mexicano salvo en el diseño natural de las capas, que resultaba menos marcado. En varios lugares mostraba manchas casi transparentes o, al menos, translúcidas. El cuerpo del sarcófago y la tapa estaban cubiertos de cientos, quizá miles de diminutos jeroglíficos; en todos sus lados mostraba una serie de extraños dibujos azules que resaltaban sobre la piedra amarilla. Se trataba de un sarcófago muy largo, pues medía algo más de dos metros y medio, y su anchura era de poco menos de un metro. Los lados eran ondulados, y las esquinas tan perfectamente curvas que constituía un placer contemplarlo.
—Este sarcófago —dije—, debió de ser hecho para un gigante.
—O para una giganta —observó Margaret.