La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Aquella urna se hallaba cerca de una de las ventanas y era mucho más ornamental que las demás. La superficie interior de algunos de los sarcófagos era completamente plana, mientras que en otros aparecía cubierta en su totalidad con jeroglíficos. Pero ninguno tenía la menor protuberancia. Eran absolutamente lisos. Podrían haber sido utilizados como bañeras, y, de hecho, se parecían a las bañeras romanas de piedra o mármol que yo había tenido ocasión de ver. En su interior, sin embargo, había un espacio más elevado cuyo contorno tenía la forma de una figura humana. Rogué a Margaret que me explicase el motivo de aquello.
—Mi padre nunca quería hablar de éste —respondió—. Desde el principio me llamó la atención. Pero cuando le pregunté por él, contestó: «Algún día te lo diré… si aún vivo. Todavía no es el momento. La historia nunca ha sido contada como yo pienso hacerlo. Algún día, quizá muy pronto, lo sabré todo, y entonces tú y yo nos ocuparemos de ello. Ya verás qué interesante lo encuentras». En otra ocasión quise saber si ya podía contarme la historia del sarcófago, pero sacudió la cabeza, me miró gravemente y dijo: «Aún no, niña…, pero si vivo… si vivo…». Al oír esta frase me asusté tanto que ya no volví a pedirle que me hablase de él.