La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Al otro lado del gran sarcófago vi otra mesita, ésta de alabastro, en la que aparecían grabados los signos del Zodíaco y unas abigarradas figuras que simbolizaban dioses. Sobre la mesa había otro cofrecillo, cuadrado, de unos treinta centímetros cuadrados, hecho con cristal de roca sujeto por un armazón de oro, igualmente cubierto de jeroglíficos. Aquel objeto tenía un aspecto moderno.
Pero si el cofrecillo parecía moderno, su contenido no lo era. Dentro, y sobre una almohadilla de tisú de oro, tan fina como la seda y con la suavidad propia del oro viejo, descansaba la mano de una momia, tan bien embalsamada que parecía viva. Era una mano de mujer, fina y larga, de dedos esbeltos y casi tan intactos como el día en que fue entregada al embalsamador, hacía ya miles de años. En el proceso no había perdido un ápice de su belleza, e incluso la muñeca aún parecía capaz de doblarse. La piel era marfileña, pero con cierto matiz que le confería la apariencia de vida. La gran peculiaridad de aquella mano era que tenía siete dedos, incluidos dos medios y dos índices. La parte superior de la muñeca estaba rota, como si hubiera sido arrancada, y en sus bordes era posible observar algunas manchas de color rojo parduzco. En otra almohadilla que había al lado de la mano se veía un pequeño escarabajo hermosamente tallado en una esmeralda.