La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Eso no deberÃa sorprenderla. Muchos hombres llevan pulseras de oro. Yo conocà a un juez que tenÃa una en la muñeca; lo descubrà cuando alzó la mano en el instante en que condenaba a muerte a un hombre.
Ella no pareció captar la intencionalidad de mis palabras; aun asÃ, algo más relajada, prosiguió con tono sereno:
—No perdà un segundo en demandar ayuda, pues temÃa que mi padre muriese desangrado. Hice sonar la campanilla, luego salà de la habitación y empecé a dar voces. Al cabo de un tiempo que me pareció eterno, llegaron corriendo algunos criados; y después otros, todavÃa con sus camisas de dormir y los ojos somnolientos.