La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas »Por fin, me armé de valor y entreabrí la puerta. Dentro todo era tinieblas, y sólo pude divisar la silueta de las ventanas. El sonido de aquella respiración pesada sonaba todavía más espantoso. Agucé el oído, pero fue todo lo que percibí. Abrí la puerta del todo, pues temía hacerlo lentamente, ¡tenía miedo de que algo horrible saltase sobre mí! Encendí la luz y entré en la habitación. En primer lugar, miré hacia la cama. Las sábanas estaban revueltas, de modo que comprendí que mi padre se había acostado, pero en el centro de la cama había una gran mancha de color rojo oscuro, que se extendía hasta los bordes. Sentí que se me detenía el corazón. Dirigí la mirada hacia el lugar de donde procedía el sonido de aquella respiración. Mi padre yacía en el suelo, sobre el lado derecho, como si hubiesen arrojado su cuerpo. El rastro de sangre descendía al suelo desde la cama y cruzaba la habitación para formar un charco rojo y brillante alrededor de su cuerpo. Mi padre vestía su pijama, y estaba tendido delante de la caja de caudales. Le habían arrancado la manga, y su brazo desnudo apuntaba hacia aquélla.
»Era espantoso el aspecto de aquel brazo, cubierto de sangre, en la carne arrancada o cortada en torno de una cadena de oro que lleva en la muñeca. Yo nunca se la había visto antes, y me sorprendió.
Hizo una pausa y yo, en un intento de tranquilizarla, dije: