La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Al principio, la atmósfera de la habitación y el temor de que Margaret apareciese inesperadamente y me sorprendiera con aquel libro en las manos, me perturbaron un poco. Según habíamos convenido con el doctor Winchester antes de que éste se marchara a su casa, ella no debía estar al corriente de esa fase de la investigación. Consideramos que podía afectarla negativamente, sobre todo porque el que fuese la hija del señor Trelawny podía ponerle en una situación difícil, ya que no haría nada que perjudicase los deseos de éste. Pero cuando recordé que ella no relevaría a la enfermera hasta las dos de la madrugada, el temor a que me interrumpiese desapareció. La señorita Kennedy estaba sentada junto al lecho del paciente, alerta. Hasta mí llegó el tictac del reloj del pasillo, así como el de otros relojes de la casa. También percibí el sordo rumor de la ciudad. Aun así, todo parecía sumido en el silencio. La luz que iluminaba las páginas de mi libro y el resplandor verdoso de la lámpara intensificaban la penumbra que me rodeaba. A medida que leía, ésta parecía ser cada vez más oscura, hasta el punto que cuando volví a posar la mirada en las palabras impresas, por un instante me sentí deslumbrado. Me concentré, no obstante, en mi trabajo, y a medida que avanzaba la obra me parecía más interesante.