La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas 10
Puse el libro sobre la mesita donde se encontraba la lámpara y volví la pantalla hacia un lado; de ese modo iluminaría el libro y, al mismo tiempo, me permitiría ver la cama, la enfermera y la puerta. No era la situación ideal para concentrarse en la lectura, pero aun así trataría de arreglármelas. El libro, por su aspecto, ya era notable. Se trataba de un infolio en holandés, impreso en Amsterdam en 1650. Alguien había efectuado una traducción literal, prácticamente palabra por palabra, y había escrito las voces inglesas debajo de las holandesas, de modo que las diferencias gramaticales entre ambas lenguas dificultaban la lectura. Eso, añadido al esfuerzo que suponía descifrar la intrincada caligrafía, hacía aún más ardua aquella tarea. Sin embargo, tras conseguir adaptar de algún modo la estructura de un idioma a la del otro, pude leer con bastante rapidez.
