La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Una vez que ambos hubieron salido de mi habitación, me senté a reflexionar. El mundo que me rodeaba parecía ser enormemente vasto. Sin embargo, de él sólo me interesaba un aspecto, tan pequeño como una mota de polvo en una tormenta. En torno a él, todo era negrura y peligros desconocidos, al acecho. Y la figura central de aquel pequeño oasis era todo belleza y dulzura. Alguien a quien amar, por quien hacer todos los sacrificios posibles, por quien morir incluso…
Al cabo de unos minutos regresó el señor Corbeck trayendo el libro que me había prometido. En efecto, lo encontró en el mismo lugar donde lo dejara hacía ya tres años. Tras insertar unas tiras de papel para señalarme dónde debía leer, me lo entregó y dijo:
—Esto es lo que indujo al señor Trelawny a obrar, y lo que produjo en mí el mismo efecto, que aún perdura. No dudo de que para usted será un buen modo de comenzar un estudio especial, cualquiera que sea el fin. Eso, si alguno de nosotros puede verlo. —Ya en la puerta se volvió para añadir—: Deseo hacer una observación. Ese detective es un buen chico. Después de hablar con usted he cambiado de opinión respecto a él. Y la prueba de ello es que me iré a dormir tranquilamente dejando las lámparas a su cuidado.
En cuanto se marchó, cogí el libro, me puse la mascarilla de oxígeno y me dirigí hacia la habitación del enfermo.