La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —¡No hay más que decir! En todo esto está actuando alguna fuerza que conviene tratar con especial cuidado. Si todos empezamos a trabajar a ciegas, lo más probable es que nos molestemos mutuamente y frustremos cualquier posibilidad individual de éxito. Lo primero, en mi opinión, es conseguir que el señor Trelawny salga de su estado de trance. Con la enfermera ya se ha logrado, de modo que es posible, pero no existe una urgencia desesperada. Aquello que lo ha afectado, sigue ahÃ, y esto debemos considerarlo un hecho. Un dÃa más o menos no cambiará las cosas. Ya es tarde, y mañana necesitaremos de todas nuestras energÃas. Usted, doctor Winchester, será mejor que vaya a acostarse. Y en cuanto a usted, señor Ross, tengo entendido que permanecerá de guardia esta noche. Le daré un libro que lo ayudará a que el tiempo pase más rápido. Sé que está en la biblioteca, e incluso en qué estante; no creo que el señor Trelawny lo haya cambiado de lugar. Le ayudará a usted a entender ciertas cosas que más tarde le explicaré. Tendrá que ser capaz de transmitÃrselas al doctor Winchester, ya que le serán muy útiles. Por supuesto, no es necesario que lea todo el libro, aunque es una obra por demás interesante, sino el prefacio y dos o tres capÃtulos que le indicaré.
Dicho esto, estrechó cálidamente la mano del médico, que; se habÃa puesto de pie para marcharse.