La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas A continuación, como habÃamos convenido, le referà los hechos, con la mayor exactitud posible, desde el momento en que el lacayo llamó a la puerta de mi casa. Sólo omità mencionar mis sentimientos hacia Margaret, pues para el caso no lo consideraba importante, y la conversación que habÃa mantenido con el sargento Daw, pues habÃa dado a éste mi palabra de que guardarÃa silencio al respecto. El señor Corbeck me escuchaba con creciente interés. En ocasiones se ponÃa a andar por la estancia, presa de una incontrolable excitación, para detenerse en seco y volver a sentarse. ParecÃa querer interrumpirme a cada instante, pero se contenÃa con un esfuerzo evidente. Aquella narración me servÃa para ordenar mis ideas; a medida que hablaba, todo parecÃa más claro. Grandes o pequeñas, las cosas encontraban la medida de su importancia con respecto al caso. La historia se mostraba cada vez más coherente, excepto en aquellos aspectos en que seguÃa siendo un misterio. Ésta es la ventaja de las narraciones exhaustivas; los hechos aislados, las dudas, las conjeturas, las sospechas, dan paso a una visión de conjunto, homogénea, mucho más convincente.
No cabÃa duda de que habÃa logrado convencer al señor Corbeck, quien, apenas hube acabado, exclamó: