La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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Al atardecer llegamos a la entrada de un valle estrecho y profundo que iba de este a oeste. Expresé mi propósito de continuar la marcha, porque el sol, ya cercano al horizonte, mostraba una amplia abertura donde el paso se estrechaba. Pero los porteadores se negaron a entrar en el valle a aquellas horas, argumentando que antes de salir por el otro extremo podía sorprenderlos la noche. Al principio, no quisieron explicar el motivo de su temor. Hasta entonces siempre habían ido adonde yo deseaba, a cualquier hora, y sin que nadie discutiese mis órdenes. Cuando los apremié, dijeron que aquel lugar era el valle del Hechicero, que nadie podía andar de noche por él. Cuando les pedí que me hablasen de aquel hechicero, se negaron, alegando que no tenía ningún nombre y que, por otra parte, ellos no sabían nada. A la mañana siguiente, sin embargo, en cuanto el sol estuvo alto en el cielo, sus temores habían desaparecido en parte. Entonces me dijeron que un gran hechicero de una época muy antigua —«hace millones de millones de años», tal fue la frase que utilizaron—, un rey, o tal vez una reina, no estaban seguros, fue enterrado en aquel lugar. Tampoco pudieron citar el nombre, pues insistieron en que no lo tenía, y que quien lo nombrase perdería la vida de inmediato, hasta el punto de que no quedaría nada de su ser para resucitar en el otro mundo. Al cruzar el valle procuraban ir muy juntos los unos de los otros, y caminaban presurosos delante de mí, como si temiesen quedar rezagados. Cuando les pedí que me explicaran el porqué de su conducta, respondieron que los brazos del hechicero eran muy largos y que quien fuese en último lugar corría peligro. Me desagradó escuchar esas palabras, puesto que, necesariamente, tenía que ocupar aquel honroso puesto. En el punto más estrecho del valle, hacia su extremo sur, se levantaba una enorme roca cortada a pico, cuya superficie era sorprendentemente lisa. En ella había grabados ciertos signos cabalísticos y muchas figuras que representaban hombres, animales, peces, reptiles y pájaros; soles y estrellas, así como otros símbolos curiosos. Algunos de estos últimos eran miembros aislados y partes de rostro humano, tales como brazos y piernas, dedos, ojos, narices, orejas y labios. Se trataba de unos símbolos misteriosos que el día del Juicio Final seguramente pondrían en apuros al ángel que tuviese que interpretarlos. La roca estaba orientada exactamente hacia el norte. Había en ella algo tan extraño y diferente de cualquier otra roca labrada que yo hubiese visto, que ordené hacer un alto para pasar el día examinándola lo más minuciosamente que pudiera con mi telescopio. Los egipcios que venían conmigo se mostraron aterrorizados y trataron de disuadirme de todas las maneras. Me quedé atrás hasta bastante avanzada la tarde, pero no logré descubrir la entrada de tumba alguna, pues tal imaginé que debía de ser la naturaleza y el significado de aquellas inscripciones. Por entonces, mis hombres se habían rebelado y tuve que alejarme del valle para no verme abandonado. Pero, en secreto, regresé decidido a encontrar aquella tumba y estudiarla. A este fin seguí recorriendo las montañas hasta dar con un jeque árabe que se mostró dispuesto a ponerse a mi servicio. Los árabes no tenían los temores supersticiosos de los egipcios, y el jeque Abu Soma y sus hombres accedieron a formar parte de mi expedición.


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